Me encontraba en un sueño bastante placentero del que no quería despertar. Lo abracé para que no desapareciera, la cara de Marta, sus dulces palabras , un inolvidable te quiero, un beso apasionado y derrepente…
La realidad. Había abierto los ojos. Se ve que la parte del beso ya era demasiado fantasiosa incluso para un sueño. Al volver a la realidad fui consciente de lo que realmente me esperaba en ella y me arremoliné en las sábanas, seguro que podía soñar con algo por el estilo o mejor y olvidarme de lo que había en el terrible mundo real.
Aunque en realidad el mundo real podría haber sido peor, mucho peor. Si no llega a ser por mi padre que me rescató de un encierro las 24 horas en el ITA de Barcelona seguramente ahora estaría comiéndome los mocos entre psicoterapias. Y seguiría así durante un año. Y luego me llevarían a un dichoso hospital de día. Total que a ese paso me sacaba el bachiller con veinticinco años. Aunque es curioso pensar en eso porque es justamente por lo que tenía que luchar esa mañana y uno de los motivos de no querer levantarme.
Estaba estudiando para sacar la tercera evaluación, a la cual no asistí ni a un solo día de clase. Normal considerando las circunstancias en las que estaba y los sitios que iba habitando últimamente como psiquiátricos, psiquiátricos , y más psiquiátricos. Cualquiera pensaría que soy un maniáco peligroso con tendencias homicidas, bien pues no, aunque ser un maniaco con instintos suicidas se le acerca bastante salvo por el hecho de que eres tu mismo al que matas y no pueden penarte una vez que lo has hecho.
Preferí no seguir con todos esos pensamientos y me levanté.
El primer objetivo era la nevera, y el primer objeto de mi hambriento ataque sería el chocolate con leche extrafino de Nestlé.
Cuando ví el envoltorio rojo se me hizo la boca agua, me dispuse a abrirlo, y, derrepente una riada de malas conciencias me recordaron los cinco kilos que había engordado con incursiones como esas.
Mi cerebro reaccionó arrojando el chocolate por la ventana. Al jardín. Por un momento desee que las plantas pudieran procesar el chocolate, aunque realmente no estaba muy seguro de eso. Aunque lo que seguro que no podrían procesar es el papel albal del envoltorio…lo cual me hizo sentir mal durante unos instantes hasta que comprendí que era una chorrada preocuparse por eso.¡Qe mas daría contaminar un parque en comparación con mi descuidada línea…!
Y la línea siempre había sido importante para mí, aunque por desgracia siempre me había gustado comer, por lo tanto llevaba una existencia conflictiva. Yo siempre había sido muy delgado, y bueno aun estaba bien, aunque no era lo que solía ser antes. Midiendo un metro ochenta y cinco pesaba sesenta y cinco kilos, y ahora pesaba más de setenta. Fruto también de una época de parón en la que me limitaba a no hacer nada estar tirado estar ingresado o bien comer cuando me aburría. Por tanto era comprensible. Pero yo no paraba de reprochármelo. Antes estaba orgulloso de mi físico. Además de que el físico es importante cuando pretendes ser modelo. Y no era mi peso lo único con lo que estaba a disgusto. También con mi peinado. Bueno o mejor dicho con mi ausencia de peinado. Fruto de una decoloración casera con la que me dejé el pelo rubio pollo y quemado, tuve que raparme para recuperar la salud de mi pelo. Bueno ya se notaba cierta longitud en el pelo ya que hacía un mes que había ocurrido eso, pero yo seguía disgusto con mi pelo. Yo había acostumbrado a llevarlo largo para ser un chico, en plan totalmente a lo pijo, con flequillo, planchado etc. Si planchado, mi pelo natural tendía a formar buclecitos que yo no aguantaba, así que por un lado el llevarlo corto era mejor que tener los dichosos buclecitos y tener que planchártelos cada dos por tres. Pero lo hacía a gusto porque llevar pinta de engreído pijo homosexual pegaba mucho conmigo. Así que cuando me rape me pillé tal depresión que me volví a intentar suicidar y me ingresaron otra vez, y así comenzó mi nueva vida.
Antes de la maravillosa idea de la decoloración, yo estaba asistiendo regularmente a un centro de día. Consistía en un hospital psiquiátrico en el que se hacían diversas terapias para ayudar a anoréxicos bulímicos, suicidas, drogadictos, alcohólicos etc a seguir adelante. Lo cierto es que era tal coñazo y era tal la sensación de perder el tiempo que lo aborrecía a morir. ¡Y encima el tratamiento duraba un año y medio! . Pero sin duda lo peor de todo, era ver a toda esa gente en situaciones tan deprimentes, ver a gente que lleva más de veinte años sin salir de sus problemas, y que, inevitablemente, te hacen desesperanzarte y plantearte que tal vez tú no vas a ser más que ellos y no seas capaz de hacerlo.
Hablar con gente que todo el día hace planes para cometer un suicidio infalible, colar droga, o que está tan absolutamente obsesionada con su físico que te lo acaba pegando, y no sólo por lo que dice de ella misma, si no por los comentarios que hace a espaldas de otros y tuyas sobre vuestro físico de forma absolutamente despectiva siempre y cuando no se acerque a lo esquelético.
Hablar con gente que cuando le hablabas de tu futuro intento de suicidio te animaba y te decía : “Suerte, a ver si lo consigues” creyendo que era lo mejor y más amable que podía decir.
Escuchar las historias más tristes y deprimentes día a día, conocer gente que había fracasado en la vida, y que te contagiaban su fracaso.
Estaba dispuesto a cualquier cosa para salir de ahí. Incluso pensé en echarme algún ligue con el que fugarme a algún rincón recóndito del planeta en el que ocultarme y no tener que volver a ese dichoso centro. Pero por desgracia eso era tan probable como que te tocara el euromillón sin sacar papeletas. Así que me tenía que joder y asistir al centro todos los días por mandato de mis padres y mis terapeutas. Mi existencia era una mierda absoluta.
Sin embargo lo de fugarme o cualquier otra locura por el estilo no fue necesaria porque en uno de mis muchos intentos suicidas , se hartaron de mi, dijeron que no tenía solución y me echaron. En principio con la idea de enviarme al dichoso ITA, pero ahí entró la figura rescatadora de mi padre como ya dije antes. El siempre estuvo convencido de que no estaba enfermo y que todo o que necesitaba era mano dura. Falso, yo estaba fatalmente mal pero si era eso lo que le impulsaba a salvarme de un ingreso horroroso estaba dispuesto a darle la razón o a seguirle el juego.
Lo que pasa es que la historia de la mano dura llegó muy lejos. Me impuso un horroroso programa de estudio que debía cumplir cosa que yo no estaba en condiciones morales de hacer, en realidad yo ya lo había mandado a la mierda todo y me daba igual repetir el curso. Incluso me daría lo mismo estudiar un módulo de grado medio peluquería fotografía o algo así. Y el que quisiera hacer alguna de esas cosas no era casualidad, todo tenía su historia.
Pero son historias largas para contarlas ahora. Mejor más tarde.
Íbamos por la parte en la que me tocaba estudiar y no me daba la gana. Y al día siguiente tenía los exámenes. Yo era consciente de que no me iban a salir bien. Los primeros días de estudio iba bien pero conforme se acercaba el día iba perdiendo fuelle hasta el punto de que los días antes de los exámenes no era capaz de hacer nada.
¿Sería capaz de remontar la falta de esfuerzo de los últimos días? ¿Sería capaz de presentarme a los exámenes? ¿Podría aprobarlos?
Pero lo más importante, después… ¿Qué?
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