jueves, 23 de febrero de 2012

Sepulcro blanqueado.

Hola, mi nombre es Francisco, y soy una persona enferma.
Más allá de eso y remontándonos a mis orígenes, soy un chico, nacido en la lluviosa tarde del 30 de abril de 1994, un mes antes de lo que estaba previsto. Eso es de lo poco que sé de las circunstancias de mi nacimiento.
Mi vida, como la de toda la gente de mi edad , y lógicamente a cuanta más edad en mayor medida, está llena de vivencias varias, experiencias enriquecedoras, dañinas, o ambas cosas a la vez. Sin embargo, sí que puedo resumir como he vivido mi vida a lo largo de su trascurso,  y es la vivencia de una enfermedad que cada vez fue a más.
Actualmente, la gente se esfuerza por hacerme ver que soy un privilegiado. Pero no se dan cuenta que no sirvió de nada tener una inteligencia superior a la media, un físico bueno o un buen trasfondo si queda anulado por  un movimiento de mano o una incapacidad total para patear balones o encestar en una canasta.
Esas cosas , sumadas a otras como mi forma de hablar, influida por las decenas de libros que leía al mes, o mi forma de caminar, hicieron, que en mitad de un barrio del ensanche burgués del distrito madrileño de salamanca, poblado de niños infuidos por ascendencia de tales características y una fuerte corriente religiosa, rechazasen a la gente que consideraban diferente en ciertos aspectos, entre los cuales siempre me encontré yo.
Contadas con los dedos de una mano y sobrando se dará la ocasión de que veais caminar por la avenida de bruselas algo desde mínimamente vanguardista a progresista hasta la obscenidad.
Caminando por esa avenida, o cualquier otra del no en vano llamado parque de las avenidas , ha transcurrido una parte demasiado importante de mi vida, desde que fui un dulce y regordete infante, hasta ahora.
En una de esas avenidas, Brasilia, se encuentra el colegio en el que pase casi una década de mi vida. Un lugar al cual tengo que agradecer una buena parte de lo que soy ahora.
Allí aprendí muchísimas cosas, a parte de hacer ecuaciones de segundo grado,  aprendí lo que era ser humillado, aprendí lo que era ser minusvalorado, aprendí lo que era ser envidiado, aprendí lo que era ser desplazado, lo que era ser marginado, lo que era ser insultado, y lo que era la soledad al tiempo que te ves rodeado de gente que sólo se dedica a fastidarte de vez en cuando.
Siempre fui ambicioso y orgulloso, pero fue siendo carcomido a medida que creaban en mí la convicción de que era diferente y que no valía lo suficiente y sobre todo, por la falta de amor.
Con el tiempo, ese lugar y la falta de un hogar donde descansar mis lágrimas, fueron dando forma a lo que soy ahora. Una carcasa atrayente, misteriosa, bonita, pero que encierra una mirada perdida enmascarada por la artificialidad, un ser que llama la atención desde fuera, por el contraste que se adivina entre la imagen que da y la podredumbre que almacena, una persona que cae bien pero con la que da miedo intimar sólo por el miedo que da ser consciente de que alguien pueda almacenar tal dolor, alguien que siempre te recibirá con una sonrisa, pero no se esforzará por seguir recibiéndote. Te topas con un sepulcro blanqueado, que almacena el cadáver de un niño inocente que aspiraba a ser feliz , pero sobre todo, querido.

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