jueves, 5 de abril de 2012

Muerte.

Hace tiempo, mucho tiempo, en el condado de Kent del viejo Reino Unido, en la ciudad de Canterbury, un robusto y saludable joven pidió a una delicada femenina y agradable joven conformar una pareja.

Sin renunciar al rubor que una señorita siempre mostraría, la simpática muchacha, con las mejillas sonrojadas,en parte por el frío helador de noviembre, y en parte por el vergonzoso sentimiento afectivo refugiándose en su expresión, aceptó, y desde ese día conformaron pareja.

Durante semanas, meses, y más tarde años fueron felices.

Vivieron su día  a día juntos, compartieron sus primeras experiencias como adultos, se relacionaron y unieron sus cuerpos en repetidas ocasiones. Varón y dama se juntaron. Se amaban.

Raro era el momento del día en el que se separaban y no pensaban en volver el uno con el otro. Su amor era fuerte, y por ello solían conmover a la gente a su alrededor, hasta que un día el caballero pidió matrimonio a la señorita,y ella aceptó.

Nuevas perspectivas de futuro iluminaron las espectativas de estos chicos, nuevas ilusiones y nuevos sueños se convirtieron en metas en sus vidas. Pensaron que vivirían juntos para siempre.

 Pero esta muchacha corrió mala suerte, y así un día, hace tantos años que nadie recuerda cuántos, la chica fue asesinada por una banda de delincuentes(los cuales jamás pagaron su crimen, ni fueron identificados) en la puerta de su portal, acto seguido entraron en su casa con las llaves y robaron cuanto pudieron, y marcharon dejando a la chica herida de muerte.

Sin nadie que acudiera a su socorro, la chica murió.

Y así el anteriormente fuerte joven, vio su fortaleza escurrirse entre sus dedos los tiempos venideros.

El hombre aún vive, solo que ya no es tan joven como al principio de la historia. Aún a veces se aflije pensando en ella. Este hombre volvió a conformar pareja y formó familia.

Se casó pudiendo así realizar algunos de los sueños que planeó con la primera chica, y que tras su muerte se convirtieron para él en una obsesión que le consumía.

Y por ello se volvió a casar.

De poco sirvío, el matrimonio acabó en divorcio. Los hijos crecieron a kilómetros de su padre, pocas veces los vió y menos actualmente que cada uno cumple su vida.

Hoy es uno de esos días en los que su mente dedicó unos minutos de pensamiento a la primera chica.

En ese momento, el cuerpo de la chica se hallaba enterrado en Canterbury. Ya había superado toda la descomposición orgánica, ni siquiera quedaban insectos.

Sus huesos se descalcificaban rápidamente.

Mientras la chica permaneció muerta, sus padres murieron, y su hermana mayor murió a su vez, al igual que sus tíos. Sobrevivía uno de sus primos, que al ir a dejar flores a sus padres, aprovechaba para dejarle una rosa del ramo.

El primo fue al cementerio frecuentemente, hasta que sólo apareció una vez al año, y al final, pasó largos años sin aparecer, ya que era anciano, y prefirió cuidar de su salud en vez de acudir al cementerio, hasta el punto que se olvidó de ir por costumbre.

Ninguna familia más le quedaba a la chica.

Nadie pagaba atención a su memoria, salvo hoy nuestro ya anciano hombre.

Poco a poco olvidó los recuerdos que había vivido con la chica, sólo recordaba los más importantes, pero incluso en esos, en su cabeza la chica no tenía voz.

Y en sus sueños, no recordaba su rostro.


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